Relato de Darío Díaz: Inmortal

Buenos días a todos.
Hoy os traigo un relato de un autor que me encanta y que a la vez me cae genial. Está lleno de arte, pues a parte de escribir, baila y dibuja. Si a esto le sumamos lo guapo y encantador que es, pues ya lo tenemos todo xD.


Inmortal

 Qué cierto es que, los mejores momentos aparecen cuando no se esperan, cuando nada se planea. Tengo la sensación, en este instante, que da igual las veces que cuente esta historia, en mi mente siempre adquiere un matiz nuevo.
Aquella fue una de esas veces, una de tantas, en que sueltas la frase: “A ver si quedamos esta semana y nos tomamos un café”...un café... Uno de tantos; con las buenas amistades es bueno redundar. ¿Nuestro pecado como amigos? Teniendo en cuenta que vivimos a una calle de distancia, sí, yo diría que frases como esas, que siempre resuenan entre comillas, son un crimen entre buenos colegas.
Pero aquella vez, aquella tarde, decidimos despojar de comillas la frase y dar un paseo, hasta llevar nuestros pasos a uno de esos cafés que tanto nos gustan, al amparo de la buena música de época, con la idea de poner nuestras vidas al día.
Voy a llamar a mi amigo “U”. Él siempre dice que, solo cuando queda conmigo, le suceden las cosas más inverosímiles o absurdas. Opino, y no es ningún secreto para él, que es un poco especial en temas de comportamiento, pero como U opina lo mismo de mí, estamos a pares.

Al principio fue como siempre; dar una vuelta, charlar mientras caminábamos, contar las últimas experiencias, las inquietudes, las noticias de interés... Así hasta llegar al lugar indicado. Imaginad uno de esas cafeterías que intentan, de forma humilde, llevar a sus clientes de vuelta a otro momento, a otra edad, a una época en que todo era diferente. Ese tipo de lugares nos encantan a la gente como U y yo, así que, como era de rigor, allí acabamos nuestro paseo.
Todo empezó sin más cambios que estar sentados y pedir unos cafés para proseguir con la charla, cuando frente a nosotros, una señora de unos cincuenta años de edad y arrugas que llegaron antes de tiempo, se tambaleaba junto a una figura del local, que representaba a un gánster de tamaño natural. Al parecer, pretendía hacerse fotos junto al individuo de cartón piedra, pero las copas de más dificultaban su tarea. Yo me quedé mirándola, preguntándome si ayudarla o seguir con mi conversación.
  • Conozco esa cara– dijo U – Por favor C, – C soy yo – no dejes salir tu vena samaritana que luego te quejas de que todos los locos se te acercan, y me gustaría seguir pensando que estoy entre los cuerdos.
  • No seas así, me da pena la pobre mujer, solo quiere hacerse una foto con el muñeco, pero le está costando.
  • Ahora es una foto, luego se sentará a tu lado a contarte su vida y yo me pasaré el resto de mis días mirándote de soslayo como castigo por hacerme pasar por estas cosas.
  • Tómate el café y calla – le sonreí y me levanté.
  • Mírala... – U se parapetó en su taza de café, como si la cosa no fuera con él.
Recuerdo que, mientras me acercaba a aquella señora, que por cierto tuvo que ser muy guapa de joven, y dejando a un lado sus comentarios y chistes a un muñeco que ejercía su buen papel de mutismo perpetuo, creí percibir en ella una gesto que intentaba enmascarar otro sentimiento; no sé, quizás fuese amargura o tristeza, pero entendí que esas arrugas no le pertenecían, no aún.
  • Buenas tardes, señora – comencé, y se volvió hacia mí con aquella sonrisa rota.
  • Hola, guapa – calculé que aquella copa que sostenía debía pasar de la tercera...como mínimo.
  • ¿Quiere que saque yo la foto? Veo que le cuesta.
  • Sí, por favor – me contestó alegre – Este caballero – añadió refiriéndose al muñeco – no pone de su parte.
Me dejó su móvil y en cuestión de unos minutos le hice el simpático reportaje que ella pretendía desde un principio. Cuando se le acabaron las poses, se apartó del muñeco, cambió el gesto, el tema, y se acercó tranquila hacia mí.
  • Qué triste es beber por pasarlas horas – me dijo extrañamente serena y sonriente.
  • Sí que es cierto – intenté ser cortes y volver con U, que de haber tenido pan a mano, hubiese rebañado en el poso de café solo para hacerme entender el mensaje.
  • ¿Estás ahí sentada? Bien, pues así me tomo la próxima y te cuento un poco de mi – se auto invitó.
U, que la escuhó, levantó las cejas y arqueó los labios en ese gesto que señalaba un claro “te lo dije”. Con el alcohol que llevaba encima, no entiendo aún lo rápido que pidió la copa y se sentó a nuestro lado. Yo sonreí a U y no pude sino encogerme de hombros. Me lo busqué yo solita.
  • A tu novia, ¿es tu novia? - preguntó.
  • No, somos amigos – contestó U representando su sonrisa más ensayada.
  • Ah, pues a tu amiga le comentaba lo triste que es beber como lo hago yo. Qué amargo es el amor, pero qué bonito. Aprovechadlo, vosotros que sois jóvenes – y levantó su copa en señal de brindis.
Diría que hasta aquí, todo iba como U vaticinó, pero al proseguir su asalto a nuestra mesa, nuestras caras cambiaron, la idea que teníamos se desvaneció y la música de fondo pasó a ocupar un papel muy lejos de la escena. Ahora recuerdo todo esto y sonrío para mí; es increíble descubrir cómo detrás de cada transeúnte puede haber una gran historia.
  • Yo bebo porque hay penas que solo saben nadar en alcohol. Y ahogarlas, no digamos – la mujer siguió con su historia. Pude comprender que, seguramente, se sentía sola, necesitaba hablar, ser escuchada, y de forma desesperada, nos eligió como público.
» A ver – se paró un segundo para hacer un gesto aclaratorio con la copa – soy viuda – me sobrecogió, básicamente porque, como ya cité, no pasaba de los cincuenta – y bebo porque he decidido seguir con ese papel en mi vida.
  • Vaya, lo siento mucho – me vi de repente posando mi mano sobre su brazo – pero es usted muy joven.
  • Yo no diría tanto, pero gracias por el piropo – considero loable, ahora que sé lo que está por venir, el hecho de que pudiese mantener esa sonrisa perenne en su rostro.
  • ¿Y cómo fue? Si no es molestia que le pregunte.
  • Un infarto. Demasiado joven. Aunque ahora sé que, da igual con qué edad le hubiese dado, yo habría sentido la pérdida de la misma manera – dio un sorbo a su copa, dejó a sus ojos perderse en el recuerdo por unos instantes y volvió a su historia.
» Veréis, cuando conocí a mi marido, que en paz descanse, yo tenía tan solo nueve años – ante este dato, U cambió su actitud de muro para adoptar otra más interesada – él tenía catorce, y de hecho salía con mi prima. Por Dios, qué guapo era ya por entonces. Recuerdo que, desde que me lo presentara mi prima, ya se nos escapó la mirada. A veces pienso que fue eso que llaman amor a primera vista, que sí que existe. Como comprenderéis, ese tipo de miradas se repitieron más de una vez, imposibles de evadir, y claro, mi prima, más tarde o más temprano, no tuvo más remedio que reconocerlo. Un día vino a hablar conmigo, y eso que, como digo, yo solo tenía nueve años; pero claro, eran otros tiempos, otra forma de ver las cosas y una manera muy distinta de comportarse. Pues bien, una tarde, ella vino a mi casa y, sin preambulos me preguntó - Te gusta mi novio, ¿verdad? - Imaginad mi cara de sorpresa, me quedé muda – Ya – su gesto de aceptación me trajo mucha pena en ese momento – Pues resulta que tú a él también, qué le vamos a hacer – la sorpresa casi hizo a la pena desvanecerse – Así que, qué puedo decir. Es una tontería que perdáis el tiempo.
» Mi prima, es tan linda – parecía que sus ojos contenían palabras que ella prefería seguir ocultándo – Como podéis imaginar, no tardamos ni un segundo en buscarnos.
  • Entonces, ¿tuviste novio desde los nueve años? - a U y a mí nos pareció tan inusual como llamativo.
  • Efectívamente. Y fueron los mejores veintitrés años de mi vida – Aún no sé cómo sentó esto último a U, para mi fue como un jarrón de agua helada tan inesperado que ni pude reaccionar.
  • ¿Veintitrés? Eso quiere decir que su marido...
  • Murió a los treinta y siete años de edad, Dios lo tenga en su gloria.
  • Vaya, no sabe cuánto lo siento – y mi mano seguía allí reposada sobre su brazo izquierdo – pero, qué lástima, era demasiado joven para algo así.
  • Que me lo digan a mí, que nuestra tercera hija era aún un bebé – suma y sigue – pero sabéis, a día de hoy sigo manteniendo que fueron los mejores y más maravillosos años de mi vida, y no daría ni un solo paso hacia atrás. Ese hombre me regaló los mejores momentos de mi existencia – Desde aquí, dejó de mirarnos, parecía hablar más bien para sí misma, para contarse secretos, verdades y decisiones que ella bien sabía – A pesar de mis años de viudedad, de que incluso una vez, soñé con él y me rogó que siguiera con mi vida, que fuera feliz, que era lo único que deseaba para mi... A pesar de todo ello, sé que ya no habrá ningún hombre para mi. No sin él. Las ganas de amar se me escaparon detrás de su último suspiro. Es mi esposo, yo su mujer, y solo quiero ser suya hasta el día en que me muera – al fin dio permiso a sus lágrimas para que surcaran sus mejillas. Nos miró de repente he hizo esa mueca forzada que intenta retener el llanto. Y aún con todo, no dejó de sonreír – Sé que suena cursi, o exagerado, pero lo que me quede, prefiero vivirlo junto a su recuerdo.
Y ahí lo comprendí. La única manera de ser inmortal es viviendo en el recuerdo de los demás, en este caso, en el de una mujer que se levanta cada día y se despierta cada noche evocando el recuerdo y alma de uno de esos amores que damos por idílicos pero que, a veces, se escapan de los cuentos para hacerse realidad. Allá donde se encontrase aquel hombre, permanecía vivo en el corazón ebrio de una persona que tuvo la suerte de conocer el sentido de la vida. Reconozco que me costó no derramar una lágrima cuando la contemplé con la mirada absorta en ningún lugar, o quizás paseando por sus recuerdos más dulces.
» Simplemente me niego a volver a amar a nadie que no sea mi marido. Mi corazón solo le pertenece y pertenecerá a él, por siempre.

Cuando ya no tuvo más palabras para expresar todo aquello que necesitaba vomitar, se levantó con cuidado, se secó las lágrimas, siempre sin dejar de sonreír, y dijo para despedirse:
  • El amor es lo más bonito que tiene este mundo. Aprovechadlo, vosotros que podéis.
Qué decir. Pagamos los cafés y nos fuimos de allí con un silencio que no vino con nosotros en un principio. Es curioso; ahora, la fortuna se me antoja un viajero caprichoso y de culo inquieto, que se presenta en tu hogar sin avisar y sin importar tu edad, como la de aquella señora. Unas veces se viste de seda y oro, otras se disfraza de idilio, y otras de oportunidad. Por desgracia, muchas veces, no se hace sentir y la dejamos escapar, o la retenemos a la fuerza como a la gallina de los huevos de oro, hasta robar su esencia. Esta mujer la dejó pasar amablemente y la disfrutó durante veintitrés años. Algunos pensarán: veintitrés años, qué lastima, su amor se fue pronto. Yo opino: qué suerte tan bonita. Encontró el amor verdadero, una quimera para muchos, y lo gozó durante veintitrés años y tres hijas.
Por desgracia, ese sentimiento tan lindo, esa historia que nos pueda parecer tan romántica, no es para ella sino una novela efímera que, cada día se levanta con ganas de releer, hasta que a la noche descubre la cruda realidad...solo quedan palabras y un epílogo por escribir.
Al salir de la cafetería y caminar unos cuantos pasos callados, U rompió el silencio para decir:
  • Tengo que reconocer que la historia es buena, pero estas cosas solo me pasan cuando quedo contigo.
Le dediqué una sonrisa, pero por dentro paladeé parte de aquella historia agridulce. Nunca se entiende del todo una canción hasta que se vive, y todo esto me llevó al muelle de San Blas, con aquella mujer vestida de anhelo, esperando por alguien que ya no volverá.


Aprovechadlo, vosotros que podéis.
 
 
Mi opinión: he puesto este relato porque me parece precioso y estoy segura de que os va a encantar. La pluma del autor me gusta mucho y disfruto de cada uno de sus relatos. Os dejo el enlace a su blog para que también podáis hacerlo: La fábrica de misterios.

Tamara López

8 comentarios:

  1. ¡Está muy chulo! Gracias por compartirlo.
    Un beso<3

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  2. Hola^^
    ¡Gracias por compartirlo!
    besotes

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  3. No me gustan nada los relatos pero NADA normalmente no los leo a no ser queme pille en un buen momento, menos mal que me ha dado por leerlo, me ha encantado.
    Además como soy una moñas he llorado y todo con la pobre mujer :(

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  4. Hemos mencionado muchas veces lo milagroso que es el amor verdadero. Me sigue pareciendo increíble el caso en que dos personas lleguen a sentir la misma intensidad la una por la otra. Es algo así como los juegos de loterías donde tienes que acertar una combinación de entre trece millones posibles. Pues es igual. De entre millones de mujeres, te fijas en esa. Y entre millones de hombres, te fijas en ese. Y resulta que se suma la coincidencia. Quizá es que estoy demasiado acostumbrado a ver relaciones porque no hay nada mejor, porque se dijo "sí" por aliviar la soledad y he escuchado la frase "al menos, tengo novia" demasiadas veces. Y la historia de la señora es la historia de ese tipo de amor. Del amor que rompe relaciones maquilladas y del amor que no entiende de edad.

    También se menciona lo reacios que somos a ayudar a la gente. Incluso por pensar que no vamos a ser bienvenidos. Recuerdo una vez que le vi a una mujer con cinco bolsas de la compra subiendo por una cuesta de bastante pendiente y paré el coche para decirle que la llevaba a casa. Me respondió que fuera a buitrearle a mi madre. Total que no he vuelto a hacerlo... ^_^.Pero no debería ser así, si C le hubiera hecho caso a U, no hubieran conocido una historia de amor tan bonita. Y todo por la apariencia de una embriaguez que resultó ser nostalgia.

    Enhorabuena al autor por la historia que ha creado y mil gracias a ti por traerla.

    Que tengas una noche llena de sueños cumplidos y cosas tan bonitas como tú ^_^.

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  5. Hola muy bueno el relato, leí "El lienzo de los malditos" de Darío y disfruté con su lectura, espero que pronto pueda publicar más. Nos leemos, chao.

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  6. Hola Tamara gracias por compartir, me ha gustado mucho la historia, mucha suerte para el escritor.

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