Cuéntame un cuento: Grotesque, por Zahara Ordóñez


Hoy estrenamos esta nueva sección semanal llamada Cuéntame un cuento, donde publicaremos relatos elegidos de entre todos los que nos lleguen con la idea de, cada año, publicar una antología con los que más gusten. ¿Os animáis? ¡Pues a qué estáis esperando! Enviad vuestros escritos, sean del género que sean, en formato Word (2-5 páginas) a webchicasombra@gmail.com

En esta ocasión el seleccionado ha sido Grotesque, de la autora Zahara Ordóñez. ¡Adelante con él!


Las cosas no estaban siendo fáciles para Claudia últimamente. El cierre de la empresa en la que trabajaba su padre le había llevado al paro con cincuenta años, dejando a la familia sin su única fuente de ingresos. Mientras la situación se arreglaba y su padre encontraba nueva colocación, Claudia, siempre dispuesta a arrimar el hombro, había buscado un trabajo a tiempo parcial; algo que pudiera compaginar con sus estudios. Ella habría elegido dejar de estudiar y buscar uno a jornada completa, pero sus padres no lo consentían y seguían haciendo grandes sacrificios para que pudiera terminar la carrera. 

Con su viejo móvil, comprado antes de que las cosas se pusieran tan mal, se adscribió a una App donde los empleos que ofrecían eran perfectos para personas en su misma situación: trabajos de canguro unas horas por la tarde, camareras para los fines de semanas e, incluso, puestos disfrazados con sueldos elevados y grandes condiciones que claramente escondían fines de explotación sexual. Entre todas las ofertas encontró una que llamó su atención. Era de una galería de arte moderno de la zona norte de la ciudad, famosa por sus exposiciones. Inauguraban una ese mismo mes y necesitaban personal para atender a los visitantes. El sueldo era decente y solo le ocuparía tres tardes a la semana. El único requisito imprescindible era la disponibilidad inmediata. Claudia no dudó en inscribirse, aunque pensó que, teniendo en cuenta la oferta, era posible que hubiera mucha demanda y ni siquiera la llamasen. Sin embargo, no habían pasado ni dos horas cuando la pantalla de su móvil se encendió, mostrando una notificación. Expectante, desbloqueó el teléfono y accedió a ella. Un mensaje contestando a su solicitud de forma positiva la instaba a presentarse en la galería el jueves por la tarde. Un texto escueto le indicaba que firmarían el contrato y empezaría ese mismo día, pidiendo que vistiera ropa oscura. A Claudia tantas facilidades no le sonaban bien, así que por miedo a un engaño rebuscó en las redes reseñas sobre el lugar sin encontrar ninguna negativa. En todas partes aclamaban la galería por sus novedosas exposiciones. Algunas de ellas privadas, destinadas solo a clientes exclusivos, y cuyo trasfondo permanecía oculto hasta el final en busca de sorprender.

Claudia consultó con sus padres y amigos y encontró opiniones diversas: «La App en la que has encontrado el trabajo funciona así —le dijo uno de ellos—. Son empresas que necesitan gente de forma rápida para pocos días, a veces incluso para unas horas, así que no pierden el tiempo. Además, suelen pagar al final de la jornada». «No vayas  —le dijo su mejor amiga— seguro que te acaban estafando. Será una de esas empresas piramidales y acabarás teniendo que poner dinero para hacer un curso o algo así». Sus padres le aconsejaron lo mismo, y Claudia desechó finalmente la idea. Sin embargo, la mañana del jueves, al abrir la nevera y encontrarla condenadamente vacía, Claudia decidió presentarse a la oferta esperando que el único que tuviera razón fuera su amigo y le pagaran algo aquel mismo día para poder llevar comida a su casa. No quiso decirle nada a sus padres para poder darles una sorpresa y, a las cinco de la tarde, vistió pantalones y camisa negra, comprobó que su aspecto fuera presentable y les dejó con la excusa de ver a una amiga.

Tomó el metro para recorrer la distancia que separaba su casa de la galería. Después de una hora de trayecto, el sol que brillaba en el cielo de la tarde ya se había escondido cuando abandonó el subsuelo y las calles habían cambiado su luz por el naranja de las farolas. Tras recorrer una zona de altos bloques de viviendas, con bajos comerciales muy bulliciosos, siguió el itinerario que marcaba su móvil hasta llegar a una zona menos concurrida, aunque igualmente iluminada. Empezaba a hacer frío, así que apresuró el paso para llegar cuanto antes a su destino. Los bloques de viviendas pronto se acabaron, y alcanzó una zona dominada por edificios bajos que albergaban negocios como talleres de reparación de coches, naves o pequeños almacenes de productos de importación. Claudia no pudo negar que se sentía perdida, temerosa, y pensó en esas palabras de su amiga que hablaban de una estafa. Alejó de sí misma esos pensamientos y, cuando creyó que tendría que darse la vuelta y regresar a casa con las manos vacías, vio frente a ella el mismo edificio que aparecía en las búsquedas web: acristalado, moderno, de aspecto impoluto; ciertamente algo discordante con el entorno. Se alzaba sobre una escalinata de entrada adornada con una alfombra de un rojo escarlata. Tras ella, una puerta metálica junto a la que vio, al acercarse, un cartel en el que sobre un fondo negro se dibujaban unas grandes letras en blanco con las palabras: 

GROTESQUE
Tercera Sesión
21 PM

Debía ser el título de la exposición, pensó. Aunque no era muy asidua al arte, la curiosidad de Claudia se despertó. Preguntándose de qué trataría y si su trabajo le permitiría echar un vistazo a la misma buscó un timbre pero, en ausencia de este, llamó a la puerta con los nudillos. Esperó un par de minutos y alzó la mano para insistir cuando esta se abrió. Lo hizo de forma lenta, pausada, revelando poco a poco un interior de luz rojiza. Una chica de sonrisa amable, cabello oscuro y recogido e impecable traje de chaqueta gris, la invitó a entrar con un gesto.
—Pasa, Claudia —le dijo.
Ella se extrañó, pero entonces recordó que tenía su foto y su nombre en la App y que la chica debía haberla reconocido.
—Sí. Sí… —contestó, nerviosa, mientras entraba observando su alrededor. Se hallaba en un hall estrecho y rectangular, enmoquetado con el mismo tejido rojo que la alfombra de la entrada. Modernos focos dibujaban haces de luz tenues desde el techo, alto para una estancia tan pequeña. A derecha e izquierda, dos puertas cerradas y, frente a ella, un pesado cortinaje también rojo que abarcaba toda la pared. Como único mobiliario tenía un mostrador alto de madera y vidrio junto a la entrada. En contraste con el frío de fuera, la atmósfera se le antojó caldeada en exceso y el aire de su interior viciado, difícil de respirar. 
La chica que le había recibido extendió su mano:
—Dame tu abrigo y tu bolso, por favor —demandó—. Los guardaré en la taquilla hasta que salgas.
La chica señaló a una de las puertas mientras decía esto. Claudia siguió la indicación con la mirada y después, aunque dudando, hizo lo que le pedía. Antes de entregarle el bolso sacó de él su teléfono móvil.
—No. El móvil tienes que dejarlo aquí también. Son normas de la empresa.
Ella la miró confusa, sosteniendo el teléfono en su mano, cuya palma comenzó a notar sudorosa, al igual que su frente.
—Pero…
La chica, con aquella amable sonrisa perpetua en el rostro, señaló esta vez un cartel tras de sí.
—No está permitido hacer fotos ni vídeos en el recinto.
—No vengo a ver la exposición, vengo a trabajar.
—¿Y para qué quieres el móvil entonces? —preguntó, con gesto perspicaz.
Reticente, Claudia le tendió el teléfono y carraspeó, incómoda. La chica desapareció tras la puerta que antes había indicado. Apenas sí la abrió lo justo para pasar, y el interior estaba tan oscuro que Claudia no pudo percibir qué había detrás. Quedándose a solas se dio cuenta del anormal silencio reinante en el lugar. Había llegado antes de tiempo, sí, pero le extrañó no ver a nadie más. Hizo amago de mirar el móvil para ver la hora; móvil que ya no tenía porque había entregado a una desconocida. Se sintió inquieta, con la mente llenándose de mensajes que la impelían a abandonar aquel lugar. Solo es un trabajo, se repitió a sí misma, alejando sus pensamientos con la perspectiva de una nevera llena en casa y de la sonrisa de su padre comiendo un buen bocadillo. Tomaba aire profundamente cuando la chica regresó, ya sin sus cosas. Con un gesto le pidió que la acompañase y Claudia la siguió hasta que llegaron a la otra puerta. De su chaqueta, la chica sacó una llave que introdujo en la cerradura y giró despacio. Tiró de la puerta hacía sí y descubrió un interior diáfano, de paredes blancas, en el que una hilera de sillas se disponían pegadas a la pared. La luz dentro era, en contraste con la del hall, demasiado intensa.

Ella puso la mano en la espalda de Claudia y la invitó a entrar. 
—Siéntate y espera. En breve te atenderá el director.
—¿Soy la primera en llegar? —inquirió Claudia, al ver la estancia vacía.
Por respuesta hubo un cabeceo.
Claudia entró y, cuando lo hizo, la puerta se cerró tras ella.
Esperó unos segundos de pie junto a esta, con la sensación de que la chica volvería a cerrarla con llave, pero no le pareció que así fuera. Guiada por su voz interior tiró de ella para comprobar que seguía abierta y, al hacerlo, descubrió el hall que había dejado. De pie tras el mostrador, la chica la miró con gesto interrogante.
—¿Necesitas algo? —preguntó.
Claudia negó con la cabeza y volvió a entrar.
—No. Yo solo…
La chica sonrió, de nuevo, amablemente.
—Ya. Siéntate y no te preocupes. Pronto te atenderán.

Diciéndose a sí misma lo tonta que era por imaginar peligros donde no los había, entró de nuevo en la estancia, cerrando la puerta tras de sí. Reparó entonces en uno de esos depósitos de agua que se servían de una garrafa de plástico. Con la boca seca por el nerviosismo y el calor que había pasado en la entrada, se acercó para beber. No había vasos disponibles y usó la palma de la mano a modo de cuenco. El agua de la garrafa burbujeó mientras ella bebía hasta saciar su sed.
Se sentó a esperar, agitando inquieta su pierna arriba y abajo. Echaba de menos su móvil, gran aliado para matar el tiempo. Miraría alguna red social o se escribiría con sus amigos. La espera y el nerviosismo se le harían menos si pudiera compartirlos con alguien. 
Bostezó, somnolienta, ya fuera por aburrimiento o por el calor de la estancia. Se quedó un rato mirando las paredes, descubriendo sus imperfecciones. Notó que en algunas zonas la pintura y el yeso estaban algo hundidos, como si hubieran sido golpeados con algún objeto contundente. En un punto concreto, a cierta altura del suelo, se dibujaba una línea recta que terminaba por descender, formando una L invertida. Le pareció una puerta encastrada en la propia pared y disimulada con ella, y se acercó para comprobar si así era. Estaba a dos pasos de ella cuando escuchó un clic a sus espaldas. El vello de la nuca se le erizó y su pulso se aceleró. Corrió hacia la puerta de entrada y puso la mano en el pomo. Al sentir que cedía a su tirón y que se abría, soltó un suspiro de alivio. Pero poco duró, pues su rostro se descompuso al hallar tras ella una segunda puerta rugosa, de forja. Algo, aún más inquietante, fue percibido por Claudia. La pared estaba abollada en algunos puntos, con restos de sangre en ella. Había marcas frescas y brillantes, y otras más oscurecidas.  Confusa, sus ojos parpadearon. Como si en una batida de pestañas la visión que contemplaba fuera a cambiar.  A su mente acudió entonces un pensamiento que narraba una realidad que Claudia se resistió a aceptar y, lo que una parte de ella sabía, la otra lo negaba de forma rotunda. «No. Esto no está pasando» se decía a sí misma, mientras golpeaba la puerta llamando a voces a la chica que la había recibido. «Socorro», gritaba. «Ayuda». No había respuesta.

Desesperada, las lágrimas brotaron a sus ojos. Lloró y golpeó la tosca superficie de forja hasta que el dolor de sus nudillos, desgarrándose, la impidió seguir. Miró la puerta con desprecio y, al hacerlo,  advirtió pequeños trozos de piel adheridos a toda la superficie. La boca se le secó de nuevo y sintió una angustia que se tornó en un fuerte deseo de vomitar. Comprendió claramente que no era la única persona que había estado allí en esa situación. Que no era la única que la había arañado con sus manos desnudas buscando una salida. Tiró las sillas contra la puerta y no consiguió nada y, en un arranque de rabia, incluso volcó el depósito de agua e intentó arrastrarlo hasta allí, sin éxito. Miró hacia el techo buscando una salida y percibió entonces una luz rojiza parpadeante. Supo entonces que la estaban grabando y aquello la paralizó. Al tiempo que Claudia tragaba saliva, horrorizada, la luz de la estancia se apagó de repente y, lo que ella había sospechado que era una puerta en la otra pared se reveló como tal, abriéndose de par en par.  Dio un respingo y, con la mirada nublada por las lágrimas, advirtió un pasillo estrecho y bien iluminado, que describía un giro a la izquierda. Anhelaba abandonar aquella estancia que era una jaula, pero sospechaba que en ese pasillo no encontraría nada amable. Que habría algo incluso peor. 

Permaneció largo rato a oscuras, contemplando el haz de luz que la puerta abierta dibujaba sobre el suelo de la estancia oscura. Claudia pensó qué hacer mientras conservaba la esperanza de que algo ocurriese; anhelando que la chica de la entrada llegase y le devolviera sus cosas y un sobre con dinero en pago, porque quizá… cabía la posibilidad de que aquello hubiera sido una especie de broma. Parte de una de esas performance modernas que hacían en algunos sitios. Pero… sus nudillos sangraban y eso era real. Que fuera una estúpida muestra de arte la cabreaba, pero así, pensó, podría llegar a obviar el dolor y la desesperación que había pasado si luego le pagaban lo suficiente. Sopesando aquella posibilidad se levantó y fue hacia la luz.

Cruzó a toda prisa el pasillo y llegó hasta el final, girando en el recodo. Al hacerlo, guiada por las prisas y el nerviosismo, no percibió que el suelo se abría sobre sus pies. Y entonces, el silencio reinante cambió y a sus oídos llegaron chillidos desesperados. No eran humanos, sino animales, pues bajo sus pies había otro pasillo estrecho por el que avanzaban a toda prisa un cerdo tras otro. Claudia cayó sobre uno de ellos y la superficie blanda y algo viscosa de su cuerpo frenó en parte el golpe. Este se movió y soltó un chillido más intenso. Ella tocó el suelo y, con el cuerpo resentido por la caída, se levantó a duras penas a tiempo de evitar ser pisoteada, notando cómo los húmedos hocicos de los cerdos olisqueaban sus piernas y gruñían. Se pegó contra la pared, intentando no ser arrastrada por ellos, pero fue imposible. Con el corazón retumbando en sus sienes y desorientada, caminó entre la marea de cerdos, mirando a un lado y otro de aquel pasillo, igualmente iluminado. Había, además, más luces rojas parpadeantes en el techo. Asustada, gritó hacia las cámaras y pidió por favor que la sacasen de allí, pero no sucedió nada parecido.

Llegaron entonces a una sala cuadrada, en la que se fueron aglutinando los cerdos, con ella entre medias. No había salida alguna y, cuando miró al techo buscando de nuevo las luces rojas, advirtió una hilera de tuberías en las que, a cada poco, se advertía una boca de ducha. Un golpe seco llegó a sus oídos y se giró lo justo como para ver que una hoja metálica caía desde el techo, cerrando el lugar por el que había entrado. Entonces, una neblina blanca comenzó a descender desde las tuberías hasta llenarlo todo. Claudia sintió que le costaba respirar y que sus pulmones quemaban a medida que la nube la envolvía. Los cerdos chillaron, boqueando, al igual que ella. Chillaron hasta que la garganta se les hizo fuego y los ojos empezaron también a escocer en las órbitas. Claudia los cerró con fuerza, consciente de que jamás los abriría de nuevo, consciente del gran error que había cometido, y entonces se desplomó.

Cuando el gas se hubo disipado, dos personas ataviadas con gorro y mono blanco, y amplios delantales plásticos, caminaron entre los cerdos y recogieron su cuerpo inerte del suelo. Ella no lo vería, pero los cerdos serían llevados por ganchos hasta una cinta transportadora a un destino similar al suyo. Los operarios desvistieron el cuerpo de Claudia y lo prepararon convenientemente.

En una lujosa sala, en la parte superior de la galería, una pantalla reproducía las últimas horas de Claudia. Los asistentes a la tercera sesión de Grotesque, ataviados con sus mejores galas, ocupaban sendas mesas vestidas con finos manteles de hilo y cubertería y vajilla elegante. La entrada a aquel espectáculo estaba reservada solo a unos pocos, a aquellos que pudieran pagar con dinero, y también con parte de su alma, una silla para tan particular cena. El vino caro llenaba las copas y el olor a carne asada pronto comenzó a inundar la estancia, y los platos rebosantes de ella, acompañados de abundante guarnición, llenaron las mesas. Entre gruñidos de aprobación y brindis por tan magnífico banquete, algunos comensales comentaron lo sabrosos que estaban los muslos de Claudia; otros encontraron mucho más tiernos y jugosos los brazos y, los más exquisitos, disfrutaron degustando las partes blandas de su vientre.


Chica Sombra

9 comentarios:

  1. 👏👏👏👏👏👏 ¡Me encanta esta nueva sección! 🥰💋

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  2. Wakala!!!

    Deliciosamente macabro!!

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  3. Me ha encantado el relato de Zahara Ordoñez muy buena elección para esta sección

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  4. Muy interesante, hay que buscarle continuación.

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  5. Sigue contándonos como como continua.

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  6. Muy buen relato, Zahara, muchas gracias por compartirlo.

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  7. Hola!
    no pensé que empezaríais tan pronto esta sección!
    Que mal rollito el relato ^^
    Un beso!

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