Cuéntame un cuento: `El solitario viaje de Axel Mortel´, por Facundo Giliberto


Hoy tenemos una nueva entrega de esta sección semanal llamada Cuéntame un cuento, donde publicaremos relatos elegidos de entre todos los que nos lleguen con la idea de, cada año, publicar una antología con los que más gusten. ¿Os animáis? ¡Pues a qué estáis esperando! Enviad vuestros escritos, sean del género que sean, en formato Word (2-5 páginas) a webchicasombra@gmail.com

En esta ocasión el seleccionado ha sido `El solitario viaje de Axel Mortel´, del autor Facundo Gabriel Giliberto. ¡Adelante con él!



1

Miró el intercomunicador del tablero de la nave, y un nuevo impulso lo llevó a levantar la mano para presionar el teclado y encenderlo, pero se detuvo antes de que el dedo índice llegara al botón. Esbozó media sonrisa. No pierdas el tiempo, amigo, se dijo a sí mismo. Era una manera un poco amarga de darse ánimos, pero no dejaba de ser real. Desde que pudo salir de la zona fantasma, había intentado por lo menos cinco veces comunicarse con el centro espacial de la Tierra, y había fracasado en cada intento por encender el caprichoso control. Sacudió la cabeza para disipar aquellos pensamientos inútiles. No podía permitirse el lujo de alimentar la frustración intentando algo que, sabía, no iba a funcionar. Sin embargo, sí cabía pensar en grande de cara a lo que debía afrontar, puesto que el objetivo principal de la misión había sido cumplido. Al menos, en gran medida. Había recolectado buena cantidad de energía atómica en el planeta Blue, un poco más, de hecho, de lo que esperaba. Desde luego, aún quedaba regresar a la Tierra, que no era una cuestión para tomar a la ligera, pero la dura prueba había sido superada. 
Suspiró con alivio, aunque no pudo evitar sentir una oleada de amargura al pensar en la durísima situación que acababa de pasar. La zona fantasma, aquella inmensa nebulosa electromagnética, había absorbido la nave al salir de la órbita de Blue, y, aunque al principio creyó que en cualquier momento la nave dejaría de funcionar, sí deterioró casi todos los controles, exceptuando, gracias a Dios, el control de navegación automática, lo que le permitiría llegar a la Tierra sin problemas. Sin embargo, acaso el problema mayor radicaba en el tiempo: había estado atrapado allí por un período de sesenta y cuatro minutos, según sus cálculos, lo que significaba en tiempo real casi un año y medio en la Tierra. Relatividad. 
Pensó en la gente que lo estaría esperando en la base espacial en la fecha estimada de su arribo por horas sin recibir noticias, quizás alimentando la esperanza de verlo llegar en los días siguientes… y él sin poder dar señales de vida hasta que, finalmente, diesen por hecho que el astronauta Axel Mortel se había perdido en el espacio. Una verdadera tragedia; aunque, si todo salía bien, llegaría… un año y medio después de lo previsto, pero lo haría. Por eso se dijo a sí mismo que debía serenarse. No podía ser demasiado tarde. La Tierra debería soportar un poco más. Lo haría, sin duda. Solo en el momento en que pensó en Chiara, sintió que un dedo de hielo le tocó el corazón. Es ella quien verdaderamente te está esperando. Se mordió los labios con afano.  No pienses en ello, se dijo. No tiene sentido… al menos no por ahora.
El negro abismal del espacio se abría a través del cristal de la nave, como una boca eterna e infinita frente a él; las pálidas estrellas eran diversos puntos desparramados en la inquietante lejanía. Aún quedaba mucho espacio por recorrer. Axel Mortel apretó los controles del traje en su muñeca y en el cristal de la escafandra se hizo visible la barra digital que mostraba el oxígeno restante. Setenta y tres por ciento, lo suficiente como para orbitar dos veces la luna antes de ingresar en la atmósfera terrestre. Sabía que no podía tener menos, pero quería chequearlo. Volvió a mirar el tablero de comunicación, y esta vez sí apretó el condenado botón averiado, solo para poner a prueba su frustración.

—This is Mayor Tom to ground control —bromeó cantando al pequeño parlante circular.

Un agradable e inesperado impulso lo llevó a sonreír. A fin de cuentas, estaba volviendo a casa. La sorpresa sería grande, pensó, e imaginó que sería un revuelo mundial, la noticia histórica: "¡AXEL MORTEL REGRESA A LA TIERRA!". Con ello, no pudo evitar sentir sobre sus hombros el enorme peso que significaba aquella misión; no podía fallar. Para sobrevivir, la Tierra necesitaba la energía atómica que él había recolectado en su misión. La energía eléctrica, aunque podía abastecer a los robots que tanto ayudaban en la sociedad, para el resto de las industrias del mundo ya no era suficiente. Recordó las palabras de su novia en aquella puesta de sol. Eres un héroe. El corazón de Axel latió de amor y un orgullo inconmensurable por su especie, por la humanidad, se abrió en su pecho.
 Se volvió para ver el pequeño tanque metálico que contenía esa energía y le dio dos palmadas amistosas. A lo lejos, una estrella –le pareció que era Epsilon –brilló con un halo de calor blanco, y el astronauta se estremeció. Aquel fulgor no era anaranjado; en el espacio no había tarde, ni noche, y la cabina de la nave era infinitamente distinta al banco de madera de la plaza, pero en los ojos de Axel se asomaron unas lágrimas que, vencidas por la emoción, rodaron por las mejillas para coronar aquella inevitable sonrisa que sostenía. Estaba volviendo a casa.
Tenía motivos de sobra para estar feliz.


2

Las pocas nubes que había vagaban dormidas como finos fantasmas movidos por un viento sereno. La silueta de un sol anaranjado se ocultaba con lentitud en el horizonte, recortada por los edificios derrumbados y abandonados de la ciudad. La luz se fundía en el cielo bañando la ciudad con un aspecto violáceo, mientras algunos de los robots de limpieza hacían su trabajo recolectando los pocos desechos en las calles. Observaba con tristeza la derruida ciudad. Los pocos recursos se habían invertido en su futura misión, y era esa quizás la última bala en una guerra donde la bandera blanca de la rendición se hallaba ya a medio mástil. Respiró profundo. No quería pensar demasiado en cosas así en ese momento. Aquella tarde de otoño era bellísima, y deseaba disfrutarla hasta el último segundo. Mañana, se dijo, el cuento será otro.
Una brisa fresca susurró un beso suave en el momento en que Chiara, sentada en el banco junto a él, lo tomó de la mano. En su sorpresa, Axel se estremeció ante el contacto cálido de su novia. Sonrió.

 —Eres un héroe, y aunque no lo digas, sé que lo sabes.

Axel advirtió el brillo húmedo en la mirada de quien era, en su opinión, la chica más hermosa del universo. El viento aún no había dejado de soplar y, en su capricho o quizás cómplice de aquella situación, puso un mechón del largo cabello chocolate de Chiara en la cara. Axel se lo retiró y le acarició la mejilla. Sabía que ella hacía un esfuerzo inmenso por no llorar, pero no era menos verdad que él evitaba abrir la boca por lo mismo. No tenía nada malo llorar, pero ambos sabían que aquella bella tarde bien podría significar una despedida (aunque dolía aceptar que así fuera, era la verdad), y ninguno deseaba quedarse con las lágrimas del otro como recuerdo. Uno de los robots, antes de marcharse, pasó por al lado de ellos y se detuvo. El chirriar mecánico de sus ruedas flotaba en el aire con un sonido artificial. Axel miró su ovalada cabeza de hojalata, y aquel, con las dos luces rojas intermitentes que tenía por ojos, le devolvió una mirada inexpresiva. Axel le guiñó amistosamente un ojo, y el robot se marchó. 
Volvió a mirar el cielo, pensando que aquel iba a ser el último atardecer que iba a ver en mucho tiempo. Entonces la besó, y fue ahí cuando afloraron las lágrimas. 
El viento arrastraba las hojas secas del otoño por las desiertas y grises calles de Quilmes. Para entonces, el sol ya se había ocultado, y la oscuridad de la noche abrazó el corazón moribundo de aquel mundo que Axel iba a abandonar al día siguiente.


3

A esas alturas del viaje, el traje espacial comenzaba a sentirse incómodo; sus pliegues y dobleces, aunque flexibles, al estar en contacto con aquellas partículas contaminadas, se volvían paulatinamente rígidos, y, de a poco, aquello le iba quitando movilidad y confort. Desde luego, no podía quitárselo; la nave aún cargaba con residuos radiales de la zona fantasma, y apenas una milésima de segundo de contacto directo de su piel con cualquier objeto que le rodeaba en esa cabina, podría suponer nada menos que una dolorosa y en extremo corrosiva infección. Axel Mortel caminaba sobre una cornisa bajo la cual se abría un abismo de negra muerte, pero mantenía la calma: recordó el duro entrenamiento al que había sido sometido, el que lo hizo capaz de soportar la presión del más alto nivel de estrés, y el hecho que lo llevó a ser seleccionado para la misión entre más de trescientos postulantes. Podía comprender –ahora quizás más que nunca –el significado del parche que llevaba su traje en aquella insignia: el bordado de un cohete plateado detrás de una estrella brillante en un fondo azul; la estrella simbolizaba la esperanza hacia la cual la humanidad (el cohete) volaba. Decidió que, cuando llegara a la Tierra, aquel parche se lo daría a Chiara, y sabía (podía verlo perfectamente en la lente de su imaginación) que el día de mañana se lo contarían a su pequeño hijo, aquel que tanto soñaban tener. Aquella dulce escena futura latía con fervor en su corazón ardiente. También decidió que, tras regresar, una de las primeras cosas que haría sería renunciar a la agencia espacial. Quizás de qué clase de cobarde lo tildarían algunos (aunque sabía que serían la escasa minoría), no le importaba, así como tampoco le importaban las condecoraciones o el efímero título de héroe. El orgullo de salvar a la humanidad lo sentía casi como algo ajeno… quizás por el hecho de no querer formar parte de él realmente, de querer llegar y pasar desapercibido entre la multitud, de volver a ser simplemente Axel, el simple muchacho de ciudad que una vez se enamoró de una simple y maravillosa muchacha en la escuela secundaria. Lo deseaba tanto casi como ver renacer el mundo. Si había alguna razón por la que él se había postulado para la misión, era sin duda por el hecho de que, al conocer al amor de su vida, había encontrado las fuerzas para anhelar un futuro, ¡era tan necesario! En Chiara Barbosa había descubierto que había mucho dentro de su corazón, y que necesitaría toda una vida para hacer de aquel amor algo productivo. 
Mantenía las manos fuertemente afirmadas al control de navegación, mientras, al compás del galope de su corazón, una canción de victoria sonaba en su cabeza. Era una melodía exquisita, porque tenía la voz de su novia, y se sentía como un abrazo fuerte y cálido de sus brazos. Ya falta poco, pensó. 
La pantalla, que aún funcionaba, señalaba que la Tierra pronto iba a ser un punto celeste visible en el cristal de la nave.


4


La pequeña luz azul del intercomunicador había parpadeado dos veces antes de encenderse por completo. Axel presionó con fuerza el botón de acceso.

—¡¿Me oyen?! ¡¿Alguien me escucha?!

Desde luego que alguien podía escucharlo, y lo sabía, puesto que el intercomunicador necesitaba tanto de la conexión terrestre como la de la nave para funcionar, pero la conmoción era tan fuerte que incluso llegó a pensar que el ver la luz encendida había sido producto de la imaginación de su mente fatigada. Sin embargo, la respuesta no tardó en llegar.

—.. oim… ¿Astron--? 

La nave navegaba por la órbita de Marte. La escafandra del traje se mantenía pegada al parlante circular, el dedo fijado al botón y los ojos clavados en la figura de la Tierra a los lejos.
El corazón de Axel era un tambor frenético.

—Astronauta Mortel reportándose. ¿Alguien me escucha? ¡Estoy regresando!

Del otro lado se escuchaban palabras ininteligibles, cortadas, y un sonido de interferencia irritante. Luego, unos instantes de silencio que al astronauta se le antojaron una eternidad. Hasta que…:

—Astronauta Mortel reportándose. ¿Me escuchan?

Ni una sola palabra. Axel intentó mantener la calma. No había respuesta más que aquel sonido de interferencia, pero no importaba, puesto que sabía que había alguien que…

Pip. Pip. Pip-pip. Pip. Pip.

¡El código de emergencia! Cómo había podido olvidarlo. Para ocasiones como aquella, el código de punteos servía casi con la misma utilidad que la clave Morse, solo que el preparado para estas misiones no era un alfabeto, sino claves específicas y cortas para evitar pérdidas de tiempo. El interlocutor le pedía que le enviase las coordenadas de la nave. ¿Tal vez enviaran ayuda…?
Mortel encendió la pantalla de coordenadas que había apagado para ahorrar energía, y, aunque parpadeaba –cosa que no había hecho hasta entonces y que puso ahora con el corazón en la boca al astronauta –se mantuvo encendida el tiempo suficiente como para que el astronauta pudiera enviar su ubicación; entonces la pantalla murió píxel por píxel hasta la negrura grisácea del apagado, al igual que el intercomunicador. El control de navegación seguía su curso. 
El astronauta Axel Mortel navegó la nave directo al planeta Tierra, donde le esperaba la sorpresa más grande que jamás pudo imaginar.


5

La nave ingresó en la atmósfera sin problemas, y Axel sabía que la fricción de reingreso haría estragos con la radiación que cubría la nave gracias al escudo iónico protector instalado hacía un siglo, y que funcionaría hasta dos o tres décadas más. El calor era infernal, y aunque le parecía que iba a arder con traje y todo, sabía que en unos minutos aterrizaría. La nave hizo lo propio con un impacto tremendo, y aunque se golpeó fuertemente la escafandra del traje rompiéndose su duro cristal, Axel no sufrió ningún daño. Al abrir la compuerta, se encontró con algo con lo que, más allá de no esperarlo, no supo cómo ni estaba preparado para asimilarlo. No sabía en qué ciudad había caído, pero no podía ser ninguna en la del mundo que él conocía. La ciudad donde había aterrizado estaba construida con enormes edificios de pulcros y costosos paneles de vidrio; las calles impolutas, ni un solo robot de limpieza. Los árboles no escaseaban; pudo ver más allá varios parques prolijos y muy bien cuidados. Las casas, de aspecto futurista, eran de ensueño.
Un grupo de personas, adultos y niños, ancianos y jóvenes, rodeaba la nave observando al astronauta con asombro y creciente curiosidad, la misma con la que Axel, atónito, observaba su entorno. Un hombre llegó corriendo y se acercó a la nave.

—Usted debe ser Axel Mortel.

Axel asintió, pensando que todo aquello debía ser un sueño… hasta que una alarma comenzó a sonar en su cabeza y cuya voz le heló la sangre en las venas.

—Recibimos la señal de la nave —continuó el hombre, que aparentaba unos cuarenta y tantos años —. Por eso supimos dónde iba a aterrizar con exactitud. Habíamos, también, marcado la…

En su cabeza, Axel intentaba sepultar aquella voz de pesadilla –y también certera realidad –que le decía aquello que no quería oír. Se preguntaba una y otra vez si se había equivocado de planeta, y la respuesta era un NO rotundo. Había llegado al planeta Tierra, solo que…

—…Mucho tiempo, señor. La zona fantasma le tuvo atrapado por… —siguió el hombre, pero Axel ya sabía lo que había ocurrido.

Entonces, su mirada raptó hacia una elegante mujer y el niño que le sostenía de la mano. Su trémula mirada se cruzó con los ojos de aquel asustado niño, que apretó con más fuerza la mano de su madre y que llegó a decir algo que Axel, estando a casi cincuenta metros de distancia, llegó a oír por sobre las palabras del hombre que le hablaba a dos metros de él, algo que deseó jamás haber oído, y que recordaría por el resto de su solitaria y dolorosa vida.

—¿Quién es ese señor…? —preguntó el niño que vestía una remera con el dibujo de una chica y su sombra.

—Ese señor —le respondió la mujer, casi en un susurro —es un ser humano.

Y Axel pudo notar que el escalofrío que le erizó eternamente la piel había sido la imagen que negaba a sí mismo que había visto pero que ahí estaba. Intentó cerrar los ojos, pero no pudo evitar alzar la mirada y observar que en cada persona que allí le rodeaba, los ojos le latían con una intermitente y enfermiza luz roja.


Chica Sombra

3 comentarios:

  1. No me suelen gustar nada las historias espaciales, galácticas, por llamarlas de alguna manera. Algo que sí que me ha gustado del relato es que me lo he creído, como que podía pasar de verdad 🤔😉💋

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  2. Hola.
    Pues me ha gustado muchísimo, no esperaba que tanto, ha sido genial.
    Muchos besos.

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