Cuéntame un cuento: `Mierda, la mascarilla´, por Rubén Benítez

Hoy seguimos con esta sección semanal llamada Cuéntame un cuento, donde publicaremos relatos elegidos de entre todos los que nos lleguen con la idea de, cada año, publicar una antología con los que más gusten. ¿Os animáis? ¡Pues a qué estáis esperando! Enviad vuestros escritos, sean del género que sean, en formato Word (2-5 páginas) a webchicasombra@gmail.com

En esta ocasión el seleccionado ha sido Mierda, la mascarilla, del escritor Rubén Benítez. ¡Adelante con él!


¿Os acordáis cuando éramos pequeños y nos olvidábamos algo en casa, nos dábamos cuenta de camino al colegio y decíamos en voz alta algo así como: «Ahí va, el paraguas», «Ostras, el bocadillo» o «Mecachis, la chaqueta»? 

Las cosas han cambiado este 2020. Alguno nos hemos hecho mayores. Seguimos estudiando, trabajamos o tenemos que salir a hacer la compra. ¿Y qué nos dejamos? En otros tiempos sería el cuaderno o el ordenador portátil, pero lo que más se oye últimamente es el grito de: «Me he olvidado de coger la mascarilla». 

La gente sabe que tiene que llevarla si no quiere recibir una multa, bien certificada ella en un sobre color turrón del duro caducado, pero a menudo se la olvida en casa, sale por la puerta y exclama: «Mierda, la mascarilla». 

A veces, estas personas olvidadizas, que perfectamente podríamos ser tú y yo, caen en el error de dejarse el susodicho producto farmacéutico en alguna parte y expresan la percepción del propio error mediante el ya mencionado grito, quizá seguido de un «de las narices». 

Sí, sí, sé que es más común referirse al cubrebocas como «la mascarilla de los cojones», pero personalmente prefiero utilizar el complemento que no hace referencia los genitales masculinos por una razón: la mascarilla sirve para cubrir la nariz, a la vez que la boca. Que esto mucha gente todavía no lo ha entendido y va por la calle con la napia fuera de la mascarilla, con lo ridículo que queda. Sabed que esas personas pueden votar y traer hijos al mundo, sobre todo si utilizan los preservativos igual de bien que el cubrebocas. 

A colación del tema de los hijos, ¿creéis que se pondrá algún tipo de nombre especial a los niños nacidos o concebidos durante la epidemia del Coronavirus? Tal como se llamó «niños del milenio» a los nacidos en 2001, quizás a los que están llegando estos días se les llame «hijos del Covid». El tiempo lo dirá. 

Llevar mascarilla a todas horas por la calle y en establecimientos públicos puede resultar molesto para muchas personas. Seamos sinceros, estar pendiente de llevarla puesta o de tener suficientes en casa es un latazo con el que nos ha tocado lidiar y al que nos cuesta acostumbrarnos. 

En momentos como este me imagino a individuos del personal médico, por ejemplo, dentistas, diciendo que ellos ya la llevaban antes de que fuera obligatorio. Haciendo bromas, creyéndose adelantados al problema de tener que llevarla por la calle, creando memes y haciéndose los chulos. Bienaventurados ellos, que ya están acostumbrados. 

Por no mencionar a los asiáticos. Ya sea por evitar respirar la contaminación de la ciudad china de turno o por miedo a contagiar al resto de personas de un simple resfriado, en el Asia más oriental el hecho de ponerse la mascarilla es práctica habitual en muchas circunstancias. Con suerte, aprendamos la lección en occidente y nos la pongamos en el futuro cuando estemos un poco constipados y, de este modo, evitar propagar cualquier virus o bacteria a la gente que nos rodea.  

Respecto a los asiáticos, desearía que de ahora en adelante tengan cuidado con sus mercados y los mantengan limpios y libres de animalejos tóxicos, que aquí tú vas al mercado del barrio y está limpio, la mayoría de las veces. ¿Habéis visto imágenes de China? Mucho LED, mucha hostia, pero la bayeta y la fregona la tienen todavía por descubrir. 

Otro problema que se oye mucho es una queja por el alto precio de las mascarillas, ya que sale caro comprarlas en la farmacia. Sin embargo, por Internet pueden adquirirse a granel, y de este modo ahorrarse dinero y disgustos. Además, ya no solo se venden en farmacias, ahora están en todas partes. Por no mencionar que también existen unas hechas de poliéster que son reutilizables y salen muy rentables. Cierto es que, de entrada, son más carillas, pero a la larga sale a cuenta comprarlas reutilizables. 

Es posible que desde las autoridades se recomiende el uso de las de farmacia, pero eso lo dicen porque se les aplica mayor porcentaje IVA y nuestros políticos quieren mantener sus lujos. 

Personas mayores, no. No laven las mascarillas de un solo uso, que parecen tontos. Son de baja durabilidad, como casi todo lo que vendían en los bazares chinos a principios de la década de los 2000. Lavarlas es como tratar de explicarle física a un terraplanista; no solo es cansado, sino inútil. El terraplanista siempre creerá que tiene razón, que hay una conspiración y no será raro que se salga por la tangente sacando algún otro tema. 

A todos los que no creen en el virus, les invito a ir a un hospital. No pasa nada, si de verdad no hay un virus ahí fuera, es posible que cojan una gripe o un resfriado, pero no el Covid. 

Temas conspirativos aparte, sin olvidar las tragedias que nos ha traído la epidemia, hay algo que no deberíamos perder, en opinión de este servidor: el buen humor que nos hace humanos. 

Esas clases en el colegio en las que los alumnos olvidan las mascarillas, se las intercambian, se las tiran unos a otros y demás situaciones potencialmente peligrosas son muy divertidas solo de imaginar. Pobres maestras. Me compadezco de ellas por lo que van a soportar. 

Me imagino a los chavales jóvenes discutiendo sobre qué mascarilla es mejor. A cuñaos que no se ponen de acuerdo en por qué ola vamos ya. Comentarios ingeniosos sobre almendras, predicciones que no se cumplen o comités inexistentes en las reuniones navideñas. 

Sí, el Coronavirus ha cambiado nuestras vidas. El mundo ha recibido un golpe como no lo había recibido en muchos años. Así como tras las pestes o la terrible pandemia de 1918, tenemos que salir adelante. Trabajar duro, innovar, y sobre todo reír. Eso sí, tal vez tengamos que cambiar nuestra forma de hacerlo. 

Una de las ventajas de las mascarillas es que permiten al portador esconder la expresión de la mitad inferior de su cara. Puedes ir sacando la lengua a todo el mundo y nadie se entera. Y si eres una persona introvertida, tenerte que tapar la cara habrá sido como un regalo caído del cielo. Un regalo Made in China que nadie estaba pidiendo, que nos está arrastrando a la ruina, una mierda pinchada en un palo. 

Se me ocurre que podríamos aprovechar el distanciamiento social para alejarnos de aquella gente que no nos conviene. Es el momento ideal, no solo por el distanciamiento obligatorio, sino porque la epidemia hace que la estupidez flote en la superficie igual que un monstruoso montón de mierda. 

También podemos reciclarnos en mejores personas, más humanistas y menos polarizados. Pero ningún sermón como este servirá de nada. 

Desolado antes de juntarme con hordas de palurdos como cada mañana, solo se me ocurre reír por estar vivo. Reír como cuando me hacen cosquillas, como cuando oigo una chanza que funciona o como cada vez que leo a mis autores de comedia preferidos. No es que haya motivos para reír, es un mecanismo para no enloquecer. 

Desearía que llegase el momento de reír mientras evitamos que los malos gobiernos nos conviertan en ratas acobardadas, sumisas a su régimen. En lugar de darles las gracias, hacerles pagar todo el mal que han hecho. 

Que de ahora en el futuro lo pensemos mejor antes de juntarnos en concentraciones de cualquier tipo en mitad de una situación de emergencia. Que valoremos más toda la cultura y entretenimiento que nos ha mantenido cuerdos durante estos meses. Que estas ilusiones de que la pesadilla terminará dejen de ser vagas aspiraciones. 

Creo que ha llegado el momento de reír mientras nos deshacemos de los parásitos, de sus difusores y de sus guerreros que atacan día tras día con bulos y falacias. 

Es muy temprano y estoy harto de soñar. Me marcho a trabajar al hospital. Espero no tardar mucho en volver a reír, disfrutar, llorar de felicidad, seguramente lejos de este enfermo lugar. Huir volando, por mar o por carretera, como mis bisabuelos, pues se avecina un gran desastre y los apestados, los antipandereta, volveremos a emigrar. 

Tomaré el próximo autobús. Tengo que volver a casa. Me he vuelto a dejar la puta mascarilla. Por lo menos, no me he dejado adoctrinar.  



Chica Sombra

1 comentario:

  1. Hola, gracias por compartirlo con nosotros.

    Besos desde Promesas de Amor, nos leemos.

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