Crónicas de Sitges. Día 1. Vuelven los aplausos.


Cojo el tren en la estación de Sants de Barcelona dirección Sitges. En la mochila, apenas una botella de agua y una libreta. Tengo que planificarme bien cómo ir de una pantalla a otra, aunque el primer día lo tengo fácil. Son todas las sesiones en el Auditori. 

Nada más bajar del tren lo recuerdo: son veinte minutos de caminata desde la estación hasta el Melià. Recuerdo pasarlo mal el primer año que vine a Sitges y me resigno a caminar bastante durante estos días. No sé porqué, se me hace bastante más corto que la última vez.

Recojo la acreditación en el stand correspondiente y veo, con regocijo, que me quedan un par de horas libres hasta la primera sesión. Ni corto ni perezoso, voy andando a la playa, pasando por las distintas áreas que el festival ha dedicado a los fans, tanto el área King Kong como los food trucks donde poder comer. Hace mucho calor y se nota: hay gente bañándose en la playa. Pero yo no voy allí para bañarme, voy para echar vistazo a los puestos que hay colocados a lo largo del paseo marítimo. 

Mierda, se me echa el tiempo encima haciendo castillos en el aire. Tengo que ir corriendo que si no, no llego.

Llego (menos mal). Me pongo a hacer cola y entro, me voy a mi sitio favorito del Auditori (las últimas filas) y espero a que ocurra la magia. Por fin va a salir el gorila de Sitges derribando aviones. Vuelven los aplausos entusiastas del público.


La primera película es Smugglers, una comedia de ladrones que nos cuenta la historia de un grupo de buceadoras (a pulmón) que tiene que buscarse la vida cuando las fábricas fastidian la fauna de la playa en la que trabajan y no pueden recoger marisco. La picaresca hace su aparición y se dedican al contrabando a falta de moluscos.

Dirigida por Seung-wan Ryu, lo cierto es que esta primera sesión se me hace larga. El tono cómico ayuda, pero se alarga mucho en sus dos primeros tercios. Sin embargo, hay una escena que recuerda mucho a cierto pasillo de ‘Oldboy’ que pone las cosas en su sitio y me descubro inclinado hacia delante, esperando con ganas lo que la película tiene que contarme. Hasta ahora ha sido todo un juego (poco emocionante) en el que la lucha de poderes se va cociendo, pero, a partir de ese momento, la pantalla se inunda de desparpajo y de ritmo y Ryu nos da un último acto tremendo, con escenas bajo el agua de acción muy difíciles de ejecutar. El humor pasa a ser más divertido, la acción más contundente y el croma de las escenas bajo el agua menos irritante. Al final, resulta ser una película resultona que me lo hizo pasar bien.

No está mal como película de calentamiento. Seguimos.

Continuamos en el Auditori para ver El reino animal, una película francesa que se nos vende como un cruce entre la visión de Wes Anderson y el mundo mutante de X-Men.

No veo ninguna de las dos por ningún lado.

Lo que sí veo es una película que abarca muchísimos temas y de cuya amalgama sale el director indemne. El reino animal habla de inmigración, de duelo, de la relación entre un padre y un hijo y la enfermedad sin cura que sobrevuela sus interacciones.

En el mundo distópico que Thomas Cailley nos propone, los humanos contraen una enfermedad que los convierte en animales. Émile y François deciden mudarse a un pequeño pueblo donde tienen una zona en la que tienen a varias personas que han contraído esta enfermedad. Lo hacen para acompañar a la madre de Émile y mujer de François.

En sus dos horas de duración, se nos cuenta la adaptación de dos personas y de cómo tienen que vivir en un sitio que odia a la gente como su madre, mientras que lidian con la posible infección de uno de los dos, sabiendo lo que significa en caso de confirmarse. La evolución en la relación de los dos personajes principales y la interpretación de sus dos actores protagonistas es justificación más que suficiente para el visionado de esta película de factura bellísima donde también se nos cuenta el odio que recibe aquel que es diferente y el nivel de comprensión que merecen. Una obra redonda que gana a medida que la pienso.

Muy bien.



Llega uno de los platos fuertes del día. Con la presencia del director F. Javier Gutiérrez y del actor Víctor Clavijo, entre otros, llega la proyección de ‘La espera’ un thriller psicológico en el que Clavijo, en modo Christian Bale, nos regala una interpretación de libro.

Ya era famoso el actor por su voz, pero es que en esta película, que trata sobre la culpa de un guardés que comete un error al aceptar un soborno, el actor se deja la piel casi, casi literalmente.

A pesar de tan impresionante interpretación, lo cierto es que la película me dejó un poco a medias. El final, tan llamativo por otra parte, se antoja precipitado. Si bien la intención del director es buena, lo cierto es que la ejecución es irregular y parece torpe a veces, aunque destaco sobre todo esa sensación de calor asfixiante tan bien conseguida. Se respiraba polvo en cada fotograma.

Y llegamos al colofón de la noche. Una sesión muy especial. Llegamos a la última película que vería ese día y que, sin duda, fue la que más me convenció de todas.

Se trata de Pobres criaturas, del director Yorgos Lanthimos y protagonizada por  Emma Stone, Mark Ruffalo y Willen Dafoe.

Es muy difícil tratar de describir los hechos de esta película. Digamos que es una vuelta de tuerca al mito de Frankenstein en el que un mad-doctor (un interesantísimo Dafoe) trae de nuevo a la vida a Bella Baxter, y la película nos cuenta el viaje de aprendizaje de Bella en este mundo. 

A través de los ojos de Bella, vemos cómo es aprender a ser mujer en este mundo tan machista, y cómo es capaz de sobreponerse a esas enseñanzas y tratar de ser ella misma en todo momento.



Poco tengo que decir de la manera de Lanthimos tan peculiar, con ese magnífico sentido del humor, de presentarnos sus historias. Me encandiló de principio a fin y el único problema que tengo con ella no es cinematográfico, sino de índole político, así que esperaré a que la veáis todos para abrir ese debate en su debido momento. Por lo demás, una auténtica obra maestra que estará, seguro, en las quinielas de los Oscar.

Se acaba la sesión de Pobres criaturas y salgo de ese bucle de “cola, entrar, sentarme, ver peli, salir de la sala, ponerme en la siguiente cola” que ha sido mi primer día.

Completamente aturullado por todas las experiencias vistas en la gran pantalla, me dirijo con paso lento de nuevo a la estación para volver a Barcelona.

Por el camino, reflexiono sobre lo afortunado que soy de estar en el festival de Sitges y de haber disfrutado casi en exclusiva de estas propuestas cinematográficas. Miro a mi alrededor y veo gente hablando de cine. Hablando de “las cosas raras que más les han gustado” y me descubro en mi tribu. La sensación de pertenencia es fuerte en este sitio y sigo en una nube cuando me monto en el tren de vuelta. Se acababa el día, sí, pero no pasa nada, mañana volvería a seguir maravillándome con todas esas maravillosas películas. 




Chica Sombra

2 comentarios:

  1. ¡Hola! No me extraña que haya sido una experiencia maravillosa. Ojalá hubiera algo así por aquí. Un besote :)

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  2. Tiene que ser genial estar ahí. Se nota que lo estás disfrutando. Y las dos últimas pelis se ven bien atractivas.
    Besotes!!!

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