Cuéntame un cuento III: `Circo´, por Javier Núñez

Hoy tenemos un nuevo relato para la III Convocatoria de Cuéntame un cuento, sección en la que vosotros sois los protagonistas.

Si tienes un relato y quieres que te lo publiquemos, no dudes en mandarlo a webchicasombra@gmail.com, con un máximo de 3000 palabras. El género es libre. Los seleccionados serán publicados aquí en la web. Más tarde, se elegirán los mejores de estos y se formará una antología, la tercera de Chica Sombra.

Hoy os dejamos con `Circo´, de Javier Núñez.



Billy había entrado a formar parte del Circo Esmeralda cuando tenía once años, después de una breve pero dura vida de malos tratos. Sus padres creían que el enanismo que padecía era un castigo de Dios, de ahí que cuando tuvieron la oportunidad de vendérselo al señor Smith por un puñado de monedas no se lo pensaran dos veces. El señor Smith, el dueño del circo, le dejó las cosas claras desde el principio. Lo había comprado, lo que significaba que le pertenecía, así que debía hacer todo lo que él decía o lo abandonaría a su suerte en mitad del desierto para que se lo comieran los coyotes. 

Habían pasado nueve años desde entonces. Billy había cumplido los veinte, y el circo se había convertido en toda su vida. Mientras recorrían el sur y el oeste de Estados Unidos, Bob El Acróbata, Sharon La Tragafuegos, John El Albino y Martha La Forzuda eran la única familia que tenía. A todos les dolía que el señor Smith los exhibiese como si fueran ganado pero, ¿quién sino iba a darles trabajo? Además, todos compartían un miedo cerval al mundo exterior. Su hábitat se circunscribía a las tiendas de lona y a las carretas. Allí eran respetados. Se preocupaban por el bienestar de los demás, se cuidaban; incluso se querían. 

Pero no supo lo que era el amor pasional hasta que apareció Sheyla.

Sheyla tenía una cantidad impresionante de pelo en la cara, y el señor Smith no había dudado ni un instante en contratarla cuando una mañana apareció en busca de trabajo, mientras estaban instalados a las afueras de Aurora (Nebraska). No era perfecta, ni mucho menos. Utilizaba su barba, espesa y dura, como una barrera que interponía entre ella y el mundo, y pronto se hizo famosa por su mal genio, sobre todo por las mañanas, hasta que el café le hacía efecto. 

Estuvo representando el espectáculo de la Increíble Mujer Barbuda durante seis meses. Fue lo mejor de aquel Estado de llanuras interminables y nubes de polvo en suspensión permanente. Sheyla no había sido su primer amor —ya había estado enamorado antes—, pero sí la primera mujer que lo había correspondido. La primera que había mirado más allá de sus imperfecciones. Cuando se despertaba y la contemplaba durmiendo a su lado se sentía tan dichoso que tenía la sensación de que podría explotar de alegría, como una granada de fuegos artificiales. Se encontraba en el epicentro de un torbellino de felicidad, y se paseaba por entre las casetas con una gran sonrisa de cemento armado. Por las noches, durante los descansos, iba a la carpa de Sheyla, pese a lo indignante que le resultaba ver a los paletos de turno mofándose de ella. 

«Es mi trabajo, así que no te metas», le había advertido la primera noche, después de que estuviera a punto de partirse la cara con un tipo borracho que se había pasado toda la función riéndose a carcajada limpia.

«Solo trataba de defender tu honor», le explicó él.

«¿Mi honor? El honor no me llena el estómago. Además, ¿no te parece genial que nos paguen solo por mirar? Nunca he ganado dinero tan fácilmente. Es casi como si les metiéramos la mano en el bolsillo y les robáramos la cartera».

Les iba bien. O eso creía él. El amor lo había cegado hasta el punto de no ser capaz de ver la realidad. Era la única explicación que le encontraba al hecho de que fuese el único que no se diera cuenta de que Sheyla pasaba cada vez más tiempo con Otis, el Hombre de Goma. En la nota que le dejó cuando se fugaron le decía que lo sentía, que era una buena persona y se odiaba por romperle el corazón, pero que tenía que entender que Otis le proporcionaba cosas que él, por su pequeño tamaño, nunca podría darle. Cosas de hombres como Dios mandaba.

Eso lo sumió en una depresión. Empezó a pasarse la mayor parte del día metido en la cama, y cuando salía de ella deambulaba por el asentamiento como alma en pena. Todos veían que tenía el corazón roto en mil pedazos, pero nada de lo que le decían lo reconfortaba. El señor Smith nunca tuvo una actitud paternalista con él, de ahí que decidiera mantenerse al margen del asunto hasta que su número circense empezó a resentirse. Una tarde le pasó un brazo alrededor de los hombros y se lo llevó a dar un paseo. Se sentaron en unas rocas y miraron el horizonte despejado de Ohio. El señor Smith encendió un cigarrillo y se lo tendió. Billy lo cogió y se llenó los pulmones de humo.

—La primera vez que os vi juntos pensé que, a falta de algo mejor, solo te estabas conformando con ella —le dijo, sin apartar la vista del frente—. Pero la querías, ¿verdad?

—Sí, señor Smith —contestó Billy.

El señor Smith dejó escapar un gruñido gutural.

—El amor es una puta barata, chico. Te lo digo por experiencia. Yo estuve casado una vez, y lo que viví me sirvió para darme cuenta de que no merece la pena. Todas las mujeres son iguales. Incluso las más machorras. No hay ni una que sea de fiar.

—¿Lo cree de veras? —preguntó Billy.

—¡Ja! —exclamó el señor Smith—. No solo lo creo sino que estoy convencido. 

Billy le dio una chupada tan grande a su cigarrillo que estuvo a punto de ahogarse.

—¿Quieres saber otra certeza? —preguntó el señor Smtih.

—Claro —contestó Billy.

—Tarde o temprano aparecerá otra que te hará olvidarla. Esa es mi predicción.

—¿A usted ya le ha ocurrido? —quiso saber Billy.

—No. —El señor Smith lanzó unos cuantos anillos de humo y añadió—: Pero lo hará. Y cuando llegue la miraré a los ojos y le soltaré un gargajo en toda la cara. Para que le quede claro que conmigo no se juega. 

—Pero no puede ser que todas las mujeres sean malas —adujo Billy.

—Lo son. Por naturaleza. Desde que Eva desobedeció a Dios y se comió la manzana del jodido Árbol Prohibido. ¿Sabes por qué?

Billy se encogió de hombros.

—Porque sabía que iba a ser desterrada del Paraíso, y como no quería irse sola convenció a Adán para que él también le diera un mordisco.

—Nunca lo había pensado así —se sinceró Billy, que durante toda su vida había considerado pecadores a ambos por igual.

—Pues es lo que sucedió, Billy —aseveró el señor Smith. Chupaba el filtro de su cigarrillo con tal fuerza que parecía desear arrancarle la esencia vital—. Y hasta el día de hoy, en que seguimos cayendo en las trampas que nos ponen las Evas que pueblan el mundo. A veces pienso que nos merecemos todo lo que nos pasa. Por idiotas. Pero es que ellas son como serpientes, ¿verdad? Nos atrapan con sus grandes pechos y su tentación entre las piernas y nos obnubilan la razón. 

Billy no compartía con el señor Smith esa visión tan horrenda sobre las mujeres pero decidió no contradecirle, así que se limitó a asentir.

—¿Quieres que te diga algo que nunca te va a fallar?  

Billy enarcó las cejas, preparado para encajar el golpe de la sabiduría popular del señor Smith.

—Tu mano derecha. 

Billy se la miró por instinto, sin comprender a qué se refería el señor Smith.

—Te consolará en las noches de soledad. Te lo digo por experiencia. —Alzó el índice, como si se dispusiera a decir algo de gran relevancia—. Y no te pedirá nada a cambio. 

Billy comprendió, por fin, el significado de ese consejo. 

—Ya —se limitó a decir, aunque dudaba que su mano pudiera sustituir el calor humano de un cuerpo de mujer.

El señor Smith se puso en pie con una sonrisa en los labios, dejó caer el cigarrillo al suelo y le dio unas palmaditas en la espalda.

—Me conoces hace mucho, Billy. Y no te voy a mentir diciéndote que te quiero como a un hijo porque no es así. Pero te aprecio, así que seré franco contigo: reponte pronto o me buscaré a otro enano. Con esa cara de alma en pena me espantas a la clientela. ¿Entendido?

La posibilidad de que el señor Smith pudiera echarlo del circo hizo que un gélido escalofrío de pánico le recorriese la espalda. Porque, ¿a dónde iría? ¿De qué viviría? ¿Qué iba a hacer para ganar dinero?

—Entendido, señor Smith.

—Buen chico.

A continuación, giró sobre los talones y regresó por donde había venido, levantando nubecillas de tierra marrón tras de sí. Pero se detuvo tras solo media docena de pasos y se volvió hacia Billy.

—Por cierto, ¿cómo vas de trabuco?

—¿Qué?

—Cuando eras un chaval la tenías pequeña, ¿sabes? En proporción al tamaño de tu cuerpo. Pero ha pasado mucho tiempo desde entonces. Y siempre he tenido ganas de saber si a vuestro trabuco también le afecta la enfermedad esa que tienes. Se lo pregunté un par de veces a Sheyla, pero ella nunca soltó prenda —interpeló el señor Smith.

—Eh… Bueno, señor Smith… Eso es… algo muy íntimo —titubeó Billy, sobre cuya cabeza flotaba la idea del despido como una manada de buitres sobrevolándolo en círculos. 

—Muy íntimo, ¿eh? —repitió el señor Smith, sin disimular su irritación—. ¿Sabes lo que también es muy íntimo, Billy, muchacho? 

—¿El qué? —preguntó Billy, temiendo que pudiera tratarse de una pregunta trampa. 

—Que pagara a tus padres por quedarme contigo sin saber si me saldrías rana. Eso sí fue íntimo —gruñó el señor Smith, y escupió una flema espesa entre sus pies.   

Billy sabía que aquel argumento no tenía ni pies ni cabeza. Solo era su forma de recordarle lo que había hecho por él cuando su familia buscaba una forma de sacárselo de encima. El señor Smith le había dado un hogar confortable y comida decente a cambio de sus servicios, y le estaba muy agradecido por ello. Pero eso no le daba derecho a pedirle que le hablara del tamaño de su pene. Todo tenía un límite. 

—Está bien. Como quieras —replicó el señor Smith tras concederle unos instantes para ver si recapacitaba, antes de cansarse de esperar.

Billy cerró los ojos y decidió hacer de tripas corazón. A fin de cuentas, ¿qué importancia tenía aquello? No era como pedirle que se la mostrara a los paletos para los que actuaba.

—Espere —le pidió. 

El señor Smith se volvió y lo observó mientras Billy se desabrochaba el cinturón y dejaba caer los pantalones y los calzoncillos hasta los tobillos. El señor Smith se la miró con detenimiento, como si tratara de resolver algún misterio universal en ella, y luego asintió con la cabeza. 

—¿Es suficiente? —preguntó Billy al cabo de unos segundos que se le antojaron una eternidad. 

—Lo es —aseveró el señor Smith. 

Billy se dobló por la cintura y volvió a cubrirse. 

—No olvides lo que te he dicho. ¿De acuerdo, chico? —reiteró el señor Smith.

Por un instante, Billy no recordó a qué se refería. Estaba demasiado consternado por el hecho de haberse visto en la obligación de mostrarle sus genitales al hombre que lo había comprado por unas cuantas monedas hacía casi diez años. 

—Sheyla no va a volver. Es mejor que te hagas a la idea. Así que alegra esa cara o te sustituiré por otro enano. Sabes que me bastaría con poner un anuncio en un par de periódicos para que en menos de un día esto se me llenase de gente como tú. 

—Gracias, señor Smith —musitó Billy, con los hombros encogidos y la cabeza gacha—. Le prometo que no volverá a tener que llamarme la atención. 

—Así me gusta. —El señor Smith forzó una sonrisa. Era fea, como la de todos esos tipos que acostumbraban a estar en permanente mal humor—. Y no infravalores tu mano derecha. 

—Sí, señor Smith —contestó Billy, para entonces hablándole a la espalda estrecha de su jefe, que ya se alejaba por aquellas tierras áridas del medio oeste americano.  

El problema era que, a diferencia de él, Billy creía que el amor no era una puta barata sino una princesa de cuento. No obstante, ya no tenía nada que hacer. Su camino y el de Sheyla se habían separado para siempre, y tenía que pensar en su supervivencia. Se le ocurrió que, ahora que el puesto de mujer barbuda había quedado vacante, el señor Smith tendría que ponerse manos a la obra para buscarle una sustituta. 

¿Y quién sabía? Quizá la chispa del amor volviera a hacer retroceder las tinieblas en su corazón. 


Chica Sombra

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