Cuéntame un cuento III: `Los monólogos del olvido´, por Tamara López

Hoy tenemos un nuevo relato para la III Convocatoria de Cuéntame un cuento, sección en la que vosotros sois los protagonistas.

Este es el último de esta convocatoria, la IV se abrirá en septiembre de 2024.

Hoy os dejamos con `Los monólogos del olvido´, de Tamara López, yo misma.



Tecleaba sin parar mientras Sandra la observaba desde el sofá. Días atrás había conseguido superar el bloqueo que la dominaba desde hacía meses, el síndrome de la hoja en blanco. El éxito conseguido con su primera novela le vino grande, y dio por hecho que las siguientes vendrían rodadas, pero no fue así. 

La lengua de Hanna se introducía con pequeños toques en el ano de Liam, mientras este se masturbaba a gran velocidad con su mano derecha. Ella le agarraba las nalgas y se las separaba, accediendo mejor al centro de su placer.

—¿Me lees mientras escribes? —le pide su chica mirándola con ojitos de cordero degollado. Era su mayor fetiche. Que Claudia le leyese erótica para masturbarse. Ella no concebía tener sexo sin ningún juguete a mano. 

—Sandra, sabes que me desconcentro…

—Por fa… —le suplica poniendo morritos con cara de placer, algo a lo que no puede resistirse.

—Vale, allá voy. Él se bombeaba la polla más y más fuerte, hinchada, morada y muy lubricada. Ella sacaba y metía la lengua en su culo, alternándola con su dedo índice. Los gemidos de Liam se escuchaban por toda la casa. Mientras, Hanna…

—Espera —le interrumpe Sandra mientras se levanta y se marcha al baño. Dos minutos más tarde, regresa con un consolador en la mano.

—¿En serio? No me lo puedo creer, cariño. Siempre haces lo mismo…

—Es que me pone mucho oír lo que escribes… Continúa, por favor.

Claudia continúo escribiendo y leyendo en voz alta la historia que estaba creando, mientras Sandra se masturbaba en el sofá. Cuando los protagonistas de la que esperaba fuese su próxima novela llegaron al clímax, su novia también lo hizo. 

Se levantó y se acercó a ella, viendo cómo estaba, desnuda y excitada. Su silueta se aproximó con pasos sensuales y agarró el consolador, mojado de ella, vibrante.

—Sandra, cariño, quiero que me la metas toda, que me folles —le dijo mientras se abría de piernas y se tumbaba frente a ella.

—Ven.

Le dio el juguete, y ella se sentó encima de sus muslos, agarrándose a sus hombros. Empezó a chupar el vibrador como si fuese una polla mientras la miraba y se tocaba, encima de ella; cuando acabó, le metió el vibrador entero, de golpe y hasta el fondo, y lo activó. Claudia empezó a saltar de placer mientras Sandra la follaba y se masturbaba a la vez. Veía cómo su chica amiga botaba encima suya y jadeaba con lujuria y placer cerca de su oído, cosa que la puso muy caliente e hizo que Claudia empezase a frotarse el clítoris fuertemente. Después de un buen rato, Sandra se corrió primero, metiéndose dos dedos mientras le insertaba por última vez el juguete a Claudia, que se corrió tras ella.  Después, Sandra sacó el vibrador del interior de su chica, se lo metió en la boca y lo saboreó mientras besaba y pellizcaba sus pezones.


*****

Le dolía mucho pensar en Sandra y en lo que un día tuvieron. Se entendían bien, se apoyaban y hablaban de absolutamente cualquier tema, por eso ahora Claudia no quería tener pareja fija, sino que salía a divertirse y, por qué no, a tener sexo casual alguna que otra vez. Su última novela, Tres no son multitud, la publicó la mayor editorial del país, y su cara se había hecho, por ende, más que conocida. Ahora le era más fácil ligar, lo reconocía, sobre todo porque creían que, al escribir historias eróticas, era, automáticamente, una fiera en la cama. 

Cogió el autobús que la llevaría hasta el centro, donde había quedado con un chico al que conoció en una de sus presentaciones. Alabó su libro, su manera de escribir, y le pidió su teléfono. Era guapo, sí, y tenía un halo misterioso que era como un imán para ella. Además, el ego del escritor es enorme, y supo regalarle bien los oídos. Quizá por eso se había animado a tomar una copa con él. 

Lo citó a las ocho en su lugar favorito de Madrid, La Chocita del Loro. Le fascinaba tomar un par de cervezas mientras se partía de risa escuchando los monólogos. Cuando llegó a la puerta del local, Carlos ya estaba allí, esperándola con una sonrisa casi tan cálida como sus ojos. No había olvidado a Sandra, pero quizá podría apartarla de su mente por un rato.

Se dieron dos besos, se preguntaron cómo había ido el día y accedieron al interior, donde encontraron una mesa cerca del escenario. Ya con dos cervezas bien frías de importación, sus favoritas, empezaron a relajarse y a disfrutar del espectáculo.

—¿Alguna vez han pensado para qué sirve ponerse colorado? Claro, porque un camaleón cuando está en peligro cambia de color para esconderse, y, sin embargo, nosotros, cuando queremos pasar desapercibidos, va nuestro cuerpo y nos pone la cara como un tomate. Muy bien. Solo nos falta una alarma. Y como alguien ya te diga: "¡Tío, te estás poniendo colorao!", entonces ya se te pone la cabeza que parece la bombilla de un puticlub. 

Las carcajadas inundaron la sala, incluida la de Carlos. Tenía una risa bonita y Claudia no podía negarlo. La observó por un momento y le pidió permiso con la mirada para apoyar su mano en la rodilla de ella. El calor le recorrió todo el muslo.

—Otra cosa que se le ha ocurrido al cuerpo para fastidiarnos es fabricar pedos. ¿Esto qué es? ¿Es energía? ¿Es música? ¿Es propulsión? No, es un chiste, sí... resulta que el cuerpo es tan cachondo que crea un gas que huele fatal y que sale por el culo. ¿No había otro sitio? ¡Por el culo! ¡Pues muchas gracias, oiga! ¡Ah! Y no contento con eso dice: "ay, la verdad es que me está quedando cómico, pero vamos a incorporarle un sonido de trompetilla". Muchas gracias, de verdad, qué gran invento. Tiene sonido, tiene olor... ¡coño! ¡Solo le falta luz! ¿Se lo imaginan? ¡Por la noche iríamos todos que pareceríamos luciérnagas! 

Ahora fue Claudia la que no pudo evitar reír a carcajadas, mirando fijamente a Carlos y sujetando su mano fuertemente, invitándolo a que siguiera tocándola. Él no se hizo de rogar y la subió lentamente por su pierna, arrastrando su corto vestido de flores a su paso y rozando sus braguitas. Ella se movió, nerviosa, húmeda y con ganas follar. 

—Otra genialidad que se le ha ocurrido al cuerpo es bostezar. Tú ya puedes hacer fuerza, ya, que no... Está un amigo tuyo diciéndote: "pues tío, se soltó mi perro pekinés y en ese momento venía una apisonadora..." y tú: "uuuuuuuaaaaaaaaaahhhhhh, qué flipada, ¿no?". ¡Vaya marrón! Menos mal que el bostezo se contagia y al cabo de un rato está el: "Uuuuuuuuaaaaaaahhhh, pues tengo una pena…".

El resto de espectadores explotaba en carcajadas mientras Carlos introducía dos dedos debajo de las braguitas de Claudia, que intentaba ahogar sus gemidos con un trago de cerveza. Tenía los pezones como perchas del Ikea, y en sus bragas podría rodarse toda la saga de Sharknado. Carlos sacaba y metía el dedo pulgar muy lentamente. La estaba volviendo loca. 

—Y me van a perdonar, pero... ¿y cuando la cosa se pone dura sin venir a cuento? En un tren, por ejemplo, tú vas por Albacete y, de repente, ¡zas!, pero ¿por qué? ¿Qué has visto tú que no he visto yo? ¿Qué pasa, te gusta el revisor, o estás saludando a José Bono? Si es que es la leche, el cuerpo.  

Carlos estuvo de acuerdo esta vez, pues la tenía más dura que nunca pensando en meterla dentro de Claudia, que estaba ya a punto de caramelo intentando disimular lo que ocurría bajo la mesa. Era lo que le volvía loco: follar en sitios públicos, exhibirse. De repente, ella le acarició la polla por encima de los vaqueros y pensó que iba a explotarle.

—Y es que el cuerpo no respeta ninguna situación. Ninguna. Tú acabas de ligar con la chica que te gusta y ¿qué hace tu cuerpo para fomentar el romanticismo? Que te rujan las tripas: glug glug glog glog glug. Bien, ¡de puta madre! Ahora resulta que soy ventrílocuo y que no lo sabía. A Macario llevo aquí dentro. No, y no se queda ahí el cuerpo, no. Cuando estás en pleno Kama Sutra, tú, que te lo has currado, pues tu cuerpo dice: "No, hombre, no. Que se lo pase bien este, no. A ver qué hago yo para fastidiarle". Y cuando estás en lo mejor del acto, de repente te da un calambre en el gemelo, se te sube la bola, y empiezas a dar vueltas en pelotas por toda la habitación: "Aaaay ayyyy ayyyy". Con todas las bolas saltando que aquello parece un bingo. 

Ninguno de los dos escuchaba ya lo que decía el cómico. Claudia se levantó sin mediar palabra y fue hacia el baño, haciendo un disimulado gesto a Carlos para que la siguiera. El chico no se lo pensó dos veces y la alcanzó en cuestión de segundos, entrando al mismo cubículo que ella. Empezaron a besarse con rabia, con fuerza, con dientes, lengua y labios. Eran un huracán que ya no podía contenerse hasta que arrasara con todas las ganas que los dominaban. 

Claudia se quitó el vestido y dejó sus pechos al aire. Nunca usaba sujetador, le gustaba sentirse libre en todos los aspectos. Giró el rostro y buscó con su boca la de él y, en cuanto sus labios se volvieron a unir, aprovechó para mordérselos suavemente, mientras juntaba sus húmedas lenguas. Carlos le hizo el tanga a un lado con la mano, mientras, con la otra, se dedicó enfáticamente a rozarle el clítoris. Era tanta la excitación de Claudia, que pronto inundó la mano de él. Con cada roce, su cuerpo se estremecía. El ano le palpitaba, los pezones incluso ya le dolían.

Cuando le introdujo un dedo, ya no pudo más y se corrió en su mano, apoyada contra la puerta del lavabo. Lo hizo pensando en Sandra y se le rompió un poquito el corazón. Se puso de rodillas encima de su vestido, que estaba tirado en el suelo, le bajó los pantalones y el bóxer a Carlos de un solo movimiento, y se introdujo su polla en la boca hasta el fondo, acariciando sus testículos al mismo tiempo. Un gemido de él los excitó a ambos, podían pillarlos en cualquier momento, y eso era lo que más le gustaba. Él la avisó de que iba a correrse, pero a Claudia le gustaba tragarse el semen y no se apartó. Cuando se vació en su garganta, se levantó y se besaron. 

Se fueron sin despedirse, pero con sus risas grabadas en los tímpanos.


*****

Tras Carlos, vinieron Miriam, con la que se acostó un par de veces antes de que se fuese a trabajar a Londres, Juan, con quien no disfrutó ni siquiera la primera vez, todo rudo y machista, solo buscando su propio placer, y Roma, con quien compartió más risas y cervezas que sexo. Pero con ninguno logró olvidar a Sandra. Siempre le dijo que no le importaba su bisexualidad, pero le creó tal inseguridad, que no pudo soportarlo. Cuando la dejó, se llevó una parte de ella que no lograba llenar en ningún bar, en ninguna cama. Hasta que un día volvió como se había ido, sin avisar, sin hacer ruido, sin importarle poner su vida patas arriba. Le pidió perdón de rodillas, diciéndole lo mucho que la amaba, que la necesitaba, que la añoraba. Y Claudia se llenó de nuevo de luz. De mucha más de la que podía imaginar. 

Les llegaba el amanecer follando, arañándose la piel, queriéndose con una rabia propia del tiempo que estuvieron separadas. Y Claudia escribía. Y Claudia leía mientras Sandra se masturbaba, aguantándose las ganas de tirar el teclado al suelo y lamerle el coño hasta ahogarse de ella. 

Se besaban y compartían lenguas, y Claudia suspiraba, sentada encima de la cadera de Sandra, que le agarraba las manos y las llevaba hasta sus tetas: eran suaves y pequeñas, pero para ella eran perfectas; y entonces gemían, y se corrían a la vez, una en las manos de la otra.

Y Claudia ya pensaba en vivir juntas, en compartir la cama también para ver películas, para leer, para dormir. Darle un respiro de solo sexo a sus sábanas, manchadas de ilusión cada vez que Sandra abandonaba su piso. Y pensó incluso en boda. Ella, que nunca creyó en el matrimonio, en un anillo que la obligase a ser fiel, en un vestido blanco. ¡Pero qué guapas irían las dos!

Y a Claudia volvió a llegarle la oscuridad cuando Sandra se marchó de nuevo, llenándolo todo de tinieblas. Quitándole cualquier sentido a su vida.


*****


Casi ocho meses más tarde, Claudia caminaba nerviosa por la alfombra roja. Era el preestreno de la película basada en su última novela, y todos los actores de moda se encontraban allí. Ella no tenía que envidiarle nada a ninguna estrella, pues era la que más brillaba. Su sonrisa era más amplia que nunca. Al fin y al cabo, no todos los días se cumplía un sueño. Cuando posaba intentando mirar hacia todos los fotógrafos, facilitando en lo posible que tuvieran una buena perspectiva y pudiesen hacer bien su trabajo, lo vio. Allí, en primera fila, tras las vallas de seguridad, estaba Carlos. La miraba orgulloso, sonriente y con los ojos empañados de emoción. La sorpresa la inundó, la extrañeza de solo haber compartido con él una lejana noche y de que estuviese allí, observándola como quien mira a una diosa. Cuando pudo hacerlo, se acercó a él y la invitó a entrar con ella a ver en primicia la película.

Así lo hicieron. 

Esa fue la primera de muchas. Esa noche compartieron por primera vez las sábanas en las que, durante muchos años, hubo sexo, pero también risas, sueños y lágrimas. Y Claudia y Carlos vivieron juntos, compartieron la cama también para para leer, para discutir, para reconciliarse, para dormir. Le dieron un respiro, muchos respiros, de solo sexo a sus sábanas, manchadas de una ilusión que nunca las abandonó, pues Carlos ya no se separó de su lado. Y pensaron incluso en boda. Ellos, que nunca creyeron en el matrimonio, en un anillo que los obligase a ser fieles, en un vestido blanco y un frac. ¡Pero qué guapos iban los dos!

Y ahora, en su primer aniversario, se toman una cerveza bien fría en La Chocita del Loro, cogidos de la mano, y con una carcajada tras otra.

—Buenas noches. Quiero hablarles del amor, porque viniendo para acá me he encontrado a un amigo que se ha enamorado locamente, y está imbécil perdido. Esto me ha hecho plantearme algunas cosas: ¿Ustedes no creen que debería existir una baja laboral por enamoramiento? ¿Acaso no te dan la baja cuando tienes depresión o cuando tienes estrés? Pues yo creo que si tú vas al médico y le enseñas un folio en el que has escrito cien veces quiero a Marisa, quiero a Marisa, quiero a Marisa, está claro que estás enfermo y así no se puede trabajar.

Ambos se miraron y rompieron a reír, sintiéndose capaces de hacer esa gilipollez.

—Cuando estás enamorado no es solo que te comportas como un idiota. Es que además piensas que eres especial, que las cosas que haces no las hace nadie más en el mundo. Aunque en realidad lo que haces es repetir las mismas tonterías que hacen todos los enamorados. Cuando estás enamorado te comportas como un imbécil ya desde el primer momento en que la ves. Por ejemplo, si te enamoras de una chica en la biblioteca, en seguida se pone en marcha el juego de las miraditas... En fin, que me voy a pedir la baja porque he visto a una chica en la tercera fila y creo que estoy empezando a enfermar.

Los aplausos inundaron el local mientras Claudia y Carlos se escapaban al baño, como aquella primera vez, y entre risas se comían a besos, se lamían los cuerpos y se follaban salvajemente. Allí, donde podían pillarlos en cualquier momento. 

Y Claudia nunca más se acordó de Sandra. 


Chica Sombra

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